Llegadas las festividades navideñas, tenemos la intención de compartir con los demás algunas palabras que transmitan lo que realmente sentimos.
Sin querer, caemos en las mismas frases, los mismos clichés (idea o expresión demasiado repetida o formulada) que nos hacen pensar que “no es lo adecuado” y nos detienen en redactar ese mensaje que tenemos en nuestro corazón. Luego, nos limitamos, nos coartamos y saboteamos, y decidimos… ¡no decir nada! Aunque -al final- queremos compartir con todo nuestro amor: “¡Feliz Navidad!
Te comparto tres recomendaciones para generar un mensaje distinto, que te ayude a reencontrarte con ese sentimiento que habita en ti:
- Sé auténtico. Evita las frases o expresiones cotidianas que aparentan comprometerte con lo que los demás quieren oír (o leer). Con la prudencia correspondiente, comparte honestamente tus sentimientos, aunque pudieran parecer nostálgicos o demasiado reflexivos.
- Expresa tu nobleza. En muchas ocasiones, nos limitamos a compartir lo que sentimos. Sin embargo, muchas personas podrían estar experimentando situaciones similares. Tus palabras les ayudarán a saber que no están solos.
- Cuenta un poco más de ti. La mejor forma de hacer llegar un mensaje es hacerlo desde tu propia experiencia. Si tienes una anécdota, no dudes en compartirla y acompáñala de una posible reflexión.
Te invito a recuperar ese mensaje que no te atreviste a compartir. Seguramente esas frases sean el mejor regalo para que alguien tenga una muy Feliz Navidad.
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Aquella noche en Guadalajara el tiempo se detuvo, como en un respiro. Las calles eran un río de voces, y cada canto de las posadas parecía una corriente que te arrastraba hacia un mar de memorias. Los niños, con sus velas encendidas, te recordaron que incluso la oscuridad más vasta se rinde ante la humildad de una chispa.
Pensaste -una vez más- en tu infancia: cuando romper una piñata de barro era como abrir un universo oculto. De su interior no caían simples objetos, sino estrellas disfrazadas de confeti. caramelos a granel y mandarinas, propias de la estación. Comprendiste que la abundancia nunca estuvo en lo que recibías, sino en la alquimia de transformar lo sencillo en un milagro. Porque la Navidad es un espejo que nos devuelve la imagen de lo que somos: seres mortales que buscamos la eternidad en lo efímero, tratando de convertir lo cotidiano en trascendencia.
Al mirar atrás, descubriste que cada época navideña es un puente tendido entre lo visible y lo invisible. Las luces, los regalos, las cenas… son meramente símbolos; hojas que flotan sobre un viento que navega entre lo otoñal y lo invernal. Ese viento es la memoria, y en ese viento navega la certeza de que lo esencial no se puede comprar ni envolver: lo compartes, lo respiras y lo guardas en silencio.
Suspiraste.
Decidiste expresar -al menos por esa noche- todo lo que habita en tu corazón. Abriste los brazos con las palmas de tus manos hacia arriba para elevar esos deseos a todos los seres humanos de buena voluntad. Les deseaste: bienestar en todo su entorno; armonía en cada espacio y plenitud en cada momento.
Fue en ese instante cuando miraste al cielo estrellado, y no te pudiste contener para exhalar con profunda armonía: ¡Feliz Navidad!
… porque cuando tus palabras conectan con el amor, siempre dirás lo adecuado.
Gracias Luís, grandes palabras, ideas con mucho sentido y gran contenido
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Cómo he aprendido de tí, en la posada familiar analizamos las palabras Pertenecer y Gratitud, fué muy comentado. Abrazos.
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