Un grano de arena en el azul del mediodía oscurece todo el cielo.
Una luciérnaga en la noche oscura ilumina todo el cielo.
Alejandro Jodorowsky. La Vida es un Cuento.
Encontrar las palabras adecuadas, en el momento preciso, es todo un arte.
Muchas veces nos sentimos absortos de escuchar conferencistas, personajes famosos y líderes sociales al momento en que enhebran hábilmente palabras; llevándonos a ese espacio coincidente donde nos sentimos identificados con sus ideas, pensamientos o sentimientos.
Nada es casualidad. No resulta óbice aclarar que cada uno de estos adalides de la palabra tienen en su haber un antecedente en común: la práctica continua.
Es muy probable que – si hemos tenido la oportunidad de escucharlos en sus momentos de éxito- es porque ya han pasado por diferentes experiencias que han forjado su habilidad para comunicar.
¿Dónde está la clave de su éxito? En sus equivocaciones.
Queda claro que los comunicadores de éxito han errado. Y mucho. La gran diferencia es ésta: se han perdonado sus equivocaciones. Sin embargo, lo han intentado una y otra vez, recogiendo los restos de sus errores para construir una nueva oportunidad de compartir con los demás. Luego, salen avantes con un nuevo concepto. Y tal vez es ese el momento en el que nosotros los escuchamos y parece que encontraron… sus mejores palabras.
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Aquella noche regresaste realmente incómodo. Te preguntabas una y otra vez si realmente era necesario exponerte de esa forma ante los demás: ¿Qué necesidad tenías de responder una pregunta frente a ellos? ¿Realmente era importante convencerlos? ¿Por qué darles gusto?
Lo peor de todo es que, apenas a tres cuadras de haber manejado alejándote de aquel lugar sobrevinieron tus ideas. El color rojo del semáforo de la avenida te dio la oportunidad de repasar el momento: todo estaba ahí, pero no supiste expresarlo. Desesperado, sujetaste el volante con fuerza queriendo regresar el odómetro, el tiempo y tu oportunidad… Las luces led en color verde y un claxon del auto de atrás te despertaron de tu intención, obligándote a avanzar en el camino a casa.
Al llegar a tu hogar -aún abrumado- seguías pensando en la forma en que pudiste responder y hacerles saber a los demás lo que sentías. Mientras te lavabas los dientes frente al espejo comenzaste a crear una mejor idea. Y justo en el momento en que los suaves pliegues de tu almohada acariciaban tu cabeza – ya cansada de ese día – vinieron a ti esas palabras: las mejores, las precisas. Inspirado, te levantaste de repente a garabatear algunas ideas sobre la libreta junto a tu buró.
Lo entendiste, lo aprendiste y te perdonaste. Mañana será otro día.
Afortunadamente, la vida siempre da otra oportunidad.