¿Padeces el Síndrome del Líder Mesías?

Nunca supe como impulsarte. Así que traté de infiltrarme

a través de los pequeños espacios en tus venas.

Pero no sé cómo conectarme. Entonces… me desconecto.

The Cardigans, Communication. 2003.

                Un buen líder tiene la capacidad de aconsejar, inspirar e -incluso- transformar la vida de las personas. En nuestro trayecto como líderes encontramos gran satisfacción al distinguir en los demás pequeños y grandes cambios que logran trocar diversos aconteceres gracias a nuestras aportaciones, sugerencias o influencias.

                Sin embargo, no todos estos esfuerzos son siempre satisfactorios. ¿Qué sucede cuando nos encontramos con un elemento que no cambia, por más esfuerzo que le dediquemos?

                Es entonces cuando -erróneamente- nace en nosotros el Líder Mesías. Ese que parece surgir desde lo más profundo de nuestra mente y que nos dice interiormente: “tú estás destinado a cambiar el mundo”. Aunque no siempre es así.

                Existe una habilidad poco mencionada como característica del líder: el discernimiento. Dicho a la manera del líder: la aptitud de identificar quién quiere cambiar y quién no. Porque la diferencia, en este caso, es la voluntad ajena: esa es la señal.

                Siempre que buscamos aportar un cambio a alguien tenemos la oportunidad de aportar teoría, instrucción y hasta motivación. Aunque la limitante será la voluntad de aquella persona en quien se busca la transformación. Existirán quienes se sientan conformes, satisfechos o completos. Y la mejor forma de ayudar, es respetar. Aunque -para llegar a ese punto- es necesario el discernimiento. Entender en qué proyectos participar y en cuáles no. Y aprender a soltar. Precisamente para dejar de sentirnos… mesías.

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Tenías varios días sintiéndote incómodo con la Guadalajara lluviosa. No es que no te gustara. Es solamente que esa idílica ciudad parecía no entender que -dejar caer la lluvia en ciertos momentos y días- podía interrumpir varios acontecimientos: un simple traslado, un congreso de gran importancia o hasta tu cita tan esperada. Esto es: ¿acaso no podía ésta metrópoli entender que con su actividad natural terminaba con planes, estrategias y sueños?

Algo similar te sobrecogía en tu vivencia de liderazgo experimentada con aquel colaborador tuyo: desde tu primer encuentro le habías dedicado tiempo, esfuerzo y todo lo que tenías -incluso lo que no tenías-. Y, según tú, nunca le fallaste.

No obstante, él parecía no tener la misma pasión. Interesado -tú sí- en su crecimiento y en el alcance del proyecto mutuo, decidiste redoblar esfuerzos: materiales didácticos, tiempos de convivencia y varias citas en un café -para motivarlo- te convencías.

Días después, llegó la respuesta que no esperabas: yo soy así -escuchaste con voz débil, pero decidida, a través de ese mensaje de audio de WhatsApp- y no voy a cambiar. Zozobrado, te preguntaste si debías dejar aquel proyecto. Entonces sobrevinieron las preguntas: ¿qué pasaría con todas esas promesas? ¿A dónde iría el tiempo que le dedicaste? ¿Dónde quedaría aquella persona que soñabas ver?

Confundido, repetiste el mensaje una y otra vez. Sacudiste con tu dedo meñique tu oído externo para confirmar si habías escuchado bien. Pero el mensaje era siempre el mismo, con un eco que parecía retumbar: “yo soy así”.

Entonces discerniste: hay proyectos que nacen huérfanos. Y tú no estás obligado a adoptarlos. No hay razón para que seas un mesías. Fue sencillo: lo soltaste.

Sin resentimiento, sin revanchismos y con mucho cariño presionaste el botón que apaga la pantalla de tu teléfono, y respiraste profundamente el fresco viento del anochecer, mientras -resignado- mirabas el cielo nublado.

En ese momento, Guadalajara comenzaba a llover de nuevo.

Ella es así. Y no va a cambiar.

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