¿Exageras cuando platicas?

“Una vez que hayas experimentado el vuelo siempre caminarás por la Tierra con la vista mirando al Cielo.

Porque ya has estado allí… y siempre desearás volver”

Leonardo da Vinci

A través de los años encontramos formas y espacios de expresión para dejar fluir nuestras ideas. Nos embelesamos compartiendo a los demás nuestras experiencias o vivencias, aderezándolas con detalles finos que ayudan a expresar el sentimiento primigenio que dio origen a nuestro decir.

¿Quién de nosotros no se ha sentido fascinado de compartir a los demás un relato, una historia personal o una anécdota?

Sin embargo… ¿exageramos al hablar?

Exageramos cuando agregamos detalles verbales que hacen más vívida una situación, llevándola más allá de los límites mismos.  No obstante, la habilidad de exagerar no es para cualquiera. Es solamente para quienes tenemos la habilidad de transmitir esa emoción a los demás. Al grado de que algunas personas lo llegan a disfrutar y decirnos: cuéntamelo todo, y exagéramelo; porque lo haces más fascinante.

Cabe incluso preguntarnos si no es acaso que los más sublimes arquitectos, poetas o trovadores exageran siempre para lograr conmover. ¿Lo harán sin querer?

Aquel momento fue perenne. La oportunidad de compartir con aquellos amigos una experiencia vívida -y realmente vivida-. Llevaste a sus mentes la fascinación de aquel inolvidable instante: una historia propia.

Finalizado el relato, lograste distinguir en varios de ellos esa sutil lágrima en el borde de sus párpados, a punto de dejar salir esa emoción; tal como tú la sientes hasta hoy. Una vez terminada la tertulia, e irresistiblemente atraídos por tu narrativa, se despidieron cada uno de ti con fuerte abrazo. Como lo hacen siempre los amigos.

Sin embargo, uno de ellos -amigo también- al momento de abrazarte, te dijo al oído: “mentiste. Yo estuve ahí. Y no fue así”

Sintiéndote un poco culpable, manejaste de regreso a casa en medio de una intensa lluvia, mientras cada gota en el parabrisas te recriminaba: ¿mentiste?

Hay culpas que no son de nadie.

Solo para contrariar, al llegar a casa y antes de apagar la luz de tu buró repasaste la historia contada. Y te diste cuenta de que… no. Nunca mentiste. Tal vez solamente exageraste: dejaste brotar aquella experiencia desde la emoción que tu corazón sintió. Y, como pocos saben hacerlo, la compartiste desde el corazón. Así: deseando que todos los ahí presentes se trasladaran -al menos por un instante-  hacia ese momento que tanto te emociona contar; porque tu objetivo era que experimentaran la felicidad que tú sentiste y desearan estar ahí. En ese espacio al que siempre desearás volver.

Eso no es mentir. Si acaso, es exagerar. Pero nadie puede odiarte por eso.

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