Cada fin de año es la oportunidad de recapitular lo vivido, de encontrarte con las personas que aprecias y de abrir las puertas a todo lo que está por venir. Y hay un momento emotivo que nos otorga una oportunidad adicional: dedicar un brindis. Existen los brindis unilaterales, en los cuales es solamente una persona quien habla y dirige; los brindis colectivos, donde cada puede expresar -en su tiempo y momento- sus palabras a los demás. Y -categoría aparte- el brindis interno, que siempre podrás tener para contigo mismo.
Si en esta celebración de año nuevo tienes la oportunidad de dirigir un brindis público, te comparto tres ideas que podrían ayudar a dejar expresar, con tus palabras, lo que sientes y piensas:
- Evoca el pasado con cariño. Todo lo vivido anteriormente, son experiencias. En su caso, instantes que nos han dejado enseñanzas.
- Reconoce el instante y a las personas que te acompañan. Después de todo un año, es lo que te tiene ahí, y con todos ellos. Y ese es el mejor momento.
- Invoca un futuro prometedor. Busca llevar con tus palabras a momentos en común que todos puedan identificar personalmente y eleven el ánimo a lo más emotivo.
O, cualquier otra fórmula que te permita compartir con los demás a través de tus palabras, tus sentimientos más profundos.
Por todo lo compartido en este 2025: Gracias, Siempre. ¡Feliz 2026!
Que todo lo que es bueno, nos sea concedido.
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La noche tenía la calma de quien ya no espera sorpresas; solo pequeños ruidos domésticos y un rumor lejano de una Guadalajara que habías hecho tuya. En tu escritorio, una libreta con hojas desgastadas que olían a año viejo. Abriste la última página y encontraste, en la parte superior, una frase garabateada que habías escrito meses atrás: “Decir adiós, sin prisa.”
En tu casa -cálido espacio donde se encontraba tu familia preparándose para la cena- se escuchaba el bullicio cotidiano de un año que se va. Todos, esperando ese momento al final de la cena, en el que cada uno dedica un brindis en la mesa.
Recordaste entonces las conversaciones que no cerraste, los mensajes que dejaste para después y las promesas que -para bien, o para mal- hiciste costumbre. Y hoy, no son culpa de nadie.
El reloj del último día del año indicaba que era tarde. Tarde… ¿Para quién?
Antes de salir al comedor, escribiste en esa última página de tu libreta tres dedicatorias: te viví, te perdoné… gracias. Era claro: esas palabras no se elevaban en tu intención a una persona. Eran una dedicatoria a un tiempo que languidecía ante tus ojos.
Apagaste la luz de tu habitación y dejaste una lámpara encendida. Esa siempre fue la mejor señal de ser tú, en espera de un nuevo día.
Transcurrió la cena entre recuerdos nostálgicos, emotivas intervenciones de todos y estrepitosas risas. Y llegó el momento: se generó el silencio para escuchar ese instante: tu brindis.
Tomaste tu copa suavemente desde el tallo y la acercaste a la altura de tu pecho. Aclaraste tu garganta y lo dijiste claro:
“Esta noche brindo por este año que se va. Por esas risas y momentos fascinantes que nos dejó vivir. Por los tiempos, las distancias, los viajes y los encuentros; por los momentos difíciles, por los desafíos y situaciones que parecían no tener fin y que hoy han quedado atrás con el delicado gusto del perdón que nace del alma; y por todo lo que hoy tenemos, que muchas veces creemos completamente cierto y merecido y que pocas veces agradecemos lo suficiente. Por todo esto: te viví, te perdoné. Gracias, 2025.”
Con la mirada húmeda, con una sonrisa de corazón y -principalmente- con alegría, todos elevaron su copa diciendo: ¡Salud!
Mientras -a la puerta- tocaba un nuevo año atraído por las bienaventuranzas, la alegría y esa luz… que nunca se apagará. Porque el amor es la única brújula que permite a la felicidad volver a casa.
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