Si puedes expresar con palabras lo que sientes, lo haces tuyo.
Henry Roth
Un brindis es una ocasión especial en la que los seres humanos acostumbramos reunirnos para conmemorar una ocasión especial, acompañados de alguna bebida -espirituosa o no- que se convierte en el mejor pretexto para iniciar un breve mensaje de bienaventuranzas o buenos deseos.
La tradición de esta enológica costumbre se remonta a la antigua Grecia y Roma. En aquel entonces, cuando un rey recibía a otro en su palacio, lo invitaba a brindar. Sentados frente a frente, unían sus copas completamente llenas de vino justo en el borde, con el fin de mezclar los contenidos demostrando que aquel líquido que bebían era el mismo para ambos, que carecía de adulteración o ponzoña, lo que convertía ese acto en una muestra de buena fe, hospitalidad y honestidad.
Pero hoy en día, ¿Cuáles son las palabras más adecuadas para dirigir un brindis? Después de todo, un brindis es un breve discurso, y una oportunidad para elevar a los reunidos a la mesa a un nivel de inspiración más alto. Algunas recomendaciones son:
- Busca que sea un momento para todos. Evita los “chistes locales” o historias particulares que no todos pudieran entender. Asimismo, evita brindar por ti mismo, por tus logros o causas personales.
- Comparte un mensaje dedicado a la ocasión. Aprovecha ese momento para hacer una referencia inspiradora sobre algún hecho particular o sentimiento en común en el que puedan coincidir todos los asistentes. Esto hará sentir que tus palabras cuentan con una dedicación especial.
- Habla desde el corazón. Evita los clichés y busca compartir aquello que realmente sientes, desde un contexto de positivismo y entusiasmo. Busca imprimir a tu voz y tus gestos amabilidad, cordialidad y alegría.
- Hazlo con buen gusto. Distingue a las autoridades o adultos mayores, agradece a los anfitriones y rememora con agrado a los ausentes. Evita caer en los clichés o el mal gusto con frases como “chinchín”, “hasta el fondo” o -peor aún- “Que viva, viva Hidalgo”
Finalmente, no olvides invitar al brindis. Busca sintetizar tu mensaje en una frase final y -dirigiendo tu mirada a los ojos de los asistentes- culmina con una invitación como: “por todo ello, los invito a que levantemos nuestras copas y juntos digamos: salud”.
Si tienes la distinción de dirigir un brindis, haz de ese momento algo inolvidable. La oportunidad está en tus manos… y en tus palabras.
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Aquella era la noche previa al Año Nuevo. Estaba toda tu familia reunida en aquella tradicional cena: los primos que solamente tienes oportunidad de ver cada diciembre, tus tíos que siempre te llenan de abrazos y regalos, los abuelos con sus suéteres de lana, tus hermanos y tus padres. Pero esta ocasión tendría algo de especial: tu madre te había pedido que dirigieras el brindis al finalizar la última campanada. Mientras te miraba a los ojos entusiasmada te dijo: Finalmente, tu eres el que practica la oratoria, ¿no?
Sí. Eres el que practica la oratoria. Pero en otros ámbitos, y con otros públicos. Nervioso, aceptaste. Mientras transcurría la cena, pensabas en las palabras que dirigirías. ¿Cómo podrías hablar de logros, si tú mismo habías sido el mejor ejemplo de procrastinación? Con ansiedad recordaste la cena del año pasado. Aquella última Noche Vieja, imbuido por la emoción del 2024 que estaba por comenzar, te excediste en tus propósitos: bajaré 5 kilos, perfeccionaré mi inglés hasta alcanzar el TOEFL, presentaré 10 discursos… entre otros más. Pero… ¿qué habías dicho? ¿cómo pudiste ser tan botarate? Todas esas promesas que te hiciste frente a los demás, hoy alcanzaban su fecha de caducidad.
Mientras pensabas en eso, las manecillas del reloj continuaban su paso amenazador. Nunca el bacalao había sido tan soso, ni el ponche tan amargo. Y las conversaciones a tu alrededor se perdían de la misma forma en que se pierde el sonido de las olas al sumergirte en el mar.
En ese momento, tu mirada se posó sobre aquellas luces navideñas que aún fulguraban en el contorno de la ventana del comedor. Vino a tu mente una reflexión: si bien es cierto que no habías cumplido tus propósitos, también es cierto que habías tenido avances: aprendiste a comer menos y más nutritivo; te atreviste a entablar una breve conversación con tu tío canadiense que no habla nada de español, y sobre la oratoria… bueno. En eso estabas. Y justo en ese instante comenzaron las campanadas. Suspiraste.
La última campanada sonó, y tus padres te miraban expectantes. En tu interior, te diste un par de segundos para mirar hacia los días pasados de ese 2024. Ese sentimiento de esperanza te vistió de valor. Te pusiste de pie con la copa en tu mano derecha. Agradeciste a tus padres y a tu familia por su presencia, recordaste con dulzura al amigo de la familia que partió hacia otra vida y llevaste a todos a agradecer la maravilla de estar juntos, sanos y vivos. Finalizaste levantando tu copa diciendo: “por las experiencias de 2024 y por un 2025 lleno de esperanza. Porque la esperanza no tiene fecha de caducidad. ¡Salud!”
Esperanza. Esa era la palabra. Y ese discurso te salió del alma.
Embelesado observaste cómo te aplaudían todos los integrantes de la mesa. Después, todo fue armonía, felicidad y muchos abrazos. Habías hablado bien, y habías hablado desde el corazón. Misión cumplida, orador. ¡Feliz 2025!
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