El futuro pertenece a quienes creen en la grandeza de sus sueños
Eleanor Roosevelt
Expresar nuestras ideas en público suele ser toda una aventura. Aún más, cuando se trata de una competencia o concurso. En estas situaciones hay varios aspectos que debemos considerar:
- ¿Por qué estoy aquí? Es muy importante tener en cuenta todo el contexto previo al momento en que transmitirás tus ideas: en un concurso o competencia, sabes que hay más personas a quienes les hubiera gustado estar en tu lugar. Es importante que también las representes: que sepas que ese espacio lo ganaste para dar lo mejor de ti.
- ¿A quién va dirigido mi mensaje? Tu público es dinámico. Y tú debes serlo también. Es importante ir adaptando tus planteamientos identificando cada una de las personas que te escucharán, para diseñar un mensaje a la medida.
- ¿Qué busco despertar en mi audiencia? Nunca olvides que tu audiencia está compuesta de seres humanos. En la medida en que logres conectar cada idea con una situación en común, tu mensaje tendrá un efecto más fuerte y duradero. Pero – sobre todo- logrará trascender en sus vidas.
Siempre es importante considerar cada uno de estos aspectos para lograr… ser el mejor.
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Aquella oportunidad era una de esas que siempre habías deseado. Sin embargo, era de las que más temor te generaban. En tu mente resonaban aquellas palabras del abuelo: “ten cuidado con lo que deseas, porque se puede hacer realidad” Y ésta era tu realidad.
Para bien, o para mal, estabas ahí: el elegido de un grupo de oradores para representarlos en un concurso. Fue la suerte, el destino, o Dios mismo quien te puso ahí -dependiendo de tus creencias- Y por algo sucedió: eras el elegido. Solamente te quedaba dar lo mejor de ti.
Tuviste la oportunidad -y la audacia misma- de darte el lujo de los grandes: observar tu escenario y acariciarlo. Te paseaste previamente por esa superficie albiargenta para dejarte empapar de lo que te sobrevenía. Cierto: nunca se está lo suficientemente preparado lo incierto. No obstante, tenías algo de información: un número determinado de personas, sus edades, sus géneros, sus expectativas. Eso -más que atemorizarte- te envalentonó.
Y llegó el momento: En tu mente, lo repetías: «dímelo». Y escuchaste tu nombre. ¡Sí, ese eras tú! Como en la más atemorizante de tus pesadillas, y como en el más sublime de tus sueños. No había marcha atrás. En contraste, diste un paso al frente e hilvanaste cada una de tus palabras, cada una de tus ideas… y te dejaste inundar de esa emoción que querías sintonizar. Tu voz parecía temblar en tu interior, tus piernas se llenaban de emoción -¿o era al revés?-
Como sea, fuiste construyendo esa idea que siempre habías querido hacer llegar a lo más profundo: era tu espacio, tu momento, tu lugar. Sabías lo que tenías que hacer, y fluiste. No hay mayor satisfacción que la del ser humano que se siente contento consigo mismo y hace feliz a quien tiene frente a sí.
Y terminaste. Justo como lo habías planeado: encontrando esa emoción, ese espacio y ese punto en el que sabías que lograrías hacer vibrar. Con una gran sonrisa de satisfacción y algo de sudor en tu frente, observaste al público aplaudiendo emocionado. Eso es todo lo que tenías que hacer… Y lo hiciste todo.
!Felicidades, campeón!