¿Has mutilado un discurso?

Hablar bien en público es…

saber que las veredas bien andadas

también pueden volverse caminos importantes.

Rafael Protasio Ramírez. 2007.


Hablar en público es todo un arte.

Al momento de redactar un discurso, nos encontramos con un tema particular que buscamos compartir con la audiencia. Cuando la inspiración se presenta, de este tema comienzan a surgir varios más que ornamentan la idea principal.

Los discursos -por lo general- deben atender a una audiencia definida, a un momento especial y a un objetivo perfectamente trazado. Sin embargo, en la mayoría de los casos, debemos circunscribirlo a un tiempo establecido.

Así es: el arte de la oratoria está limitado al tiempo que nos es concedido para el uso de la palabra. Un orador debe ser consciente de cada minuto y segundo. Inconsciencia sería abusar de las circunstancias, del momento o del protagonismo.

¿Qué debemos hacer cuando -al redactar y ensayar un discurso preparado- nos damos cuenta de que nos excedemos del tiempo?

La primera recomendación es evitar la redundancia, las palabras innecesarias y las referencias que no aportan sustancialmente. Pero… ¿si después de esto seguimos notando que todo es importante y aún nos falta tiempo?

Tal vez sea el momento de “mutilar” tu discurso. Como la palabra misma refiere, se trata de cercenar una parte de un cuerpo viviente. Y no es una mala idea. Ya no estás quitando lo que al discurso le sobra: estás dando origen un nuevo proyecto.

Tal vez será para una ocasión distinta, una audiencia diferente y otro instante. Pero -seguramente-tendrás más tiempo. Y esa será una nueva aventura de la palabra. Es la magia de la Oratoria.


Habías pasado varias semanas escribiendo aquel discurso. Cada vez que lo repetías, te gustaba más. Te fuiste enamorando de él. ¿Qué artista no se enamora de su obra?

Tenías un plan y una estructura para compartir a los demás: aquellas enseñanzas que tu padre te transmitiera durante la infancia; las inciertas “experiencias” de tu carrera y su respectiva reflexión; la emoción de ese viaje soñado y toda la felicidad que te causaba; finalmente, un mensaje para compartir con aquellos que te prestarían su atención. Había mucha magia en todo aquello. ¡Te sentías tan feliz!

“Introducción, desarrollo y exhorto” Todo en su lugar. Te fascinaba repetirlo y perfeccionarlo cada vez más. En tu acontecer como incipiente orador, habías renunciado a la tecnología y volvías a escribir -con pluma y papel- cada palabra. Así te habían recomendado los maestros.

Entonces, vino el momento: enfrentarte al cronómetro para saber si cumplía con el tiempo correspondiente.

Al pronunciarlo frente al inminente tiempo -y a pesar de tu mejor intención- te diste cuenta de que no lo lograrías. De viva voz, y no muy convencido, buscaste una nueva nomenclatura: quitando algunas palabras, cambiando frases de lugar. Entonces sucedió: de alguna manera esa pieza parecía -¿ahora sí?- adaptarse a lo que Cronos requería. Parecía el proyecto definitivo.

Repasaste nuevamente el contenido: las enseñanzas de tu padre, los inevitables yerros en tu carrera, y el exhorto referido -y requerido-. Pero ¿y el viaje soñado? Ese ¿no podría figurar?

En ese instante comprendiste aquella analogía sobre “mutilar un discurso”. Sentiste profundamente como si arrancaran con violencia una parte de ti. Te preguntaste si esa decisión fue producto de un razonamiento, de un sentimiento, o simplemente… del tiempo.

Sin embargo, era momento de definir tu proyecto. Entendiste por qué habías decidido redactar tus discursos en papel. De forma razonablemente errática recortaste de aquella hoja de cuaderno el fragmento del aquel viaje soñado. Uniste las dos partes restantes con cinta transparente y dejaste salir un suspiro, deseando que aquel discurso-mutilado- por fin cumpliera con lo necesario.

En cuanto al fragmento de papel que hacía alegoría al viaje soñado, lo doblaste en cuatro perfectos pliegues, cuál Rosa de los Vientos: con un Norte perfectamente definido. No significaba que fuera menos importante. Muy por el contrario: merecía un discurso aparte.

Con todo cariño, lo introdujiste en un sobre de papel que nunca creíste utilizar. En el anverso, de tu propia mano, escribiste claramente: asuntos pendientes antes de morir. 

No era una simple frase: era una promesa.

Los comentarios están cerrados.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑