Lo que se hace por amor acontece siempre
más allá del bien y del mal.
Friedrich Nietzsche
En algunas ocasiones podemos tener la percepción de que nuestra voz, nuestra palabra o nuestra conversación son estériles. Que no dan lugar a un cambio verdadero, por mucho que lo intentemos.
No obstante, nunca podremos saber si esas palabras realmente logran arribar al lugar indicado, en el momento adecuado.
Para procurar que esto suceda, siempre es importante cuidar cada elemento: buscar vaciar nuestro pensamiento, sentimiento e intención. Y hacerlo con todo cariño: dar un poco más. Uno nunca sabe. Tal vez ahí -como un escucha silente- hay alguien a quien le pueda ser útil nuestro mensaje.
Solamente basta con cuidar los detalles.
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Aquella mañana te despertaste nostálgico. Renunciando a toda recomendación nutricional, tuviste un extraño deseo de volver a probar aquellas hamburguesas con las que te celebraban los cumpleaños. Fuiste copartícipe -tal vez de forma poco consciente- de un auge comercial angloamericano que se confabulaba en la promesa de encontrar junto a un bocado -no tan agradable- un regalo adicional: la llamada cajita feliz. ¿Dónde estaba la magia? Solamente en un detalle: recibir un poco más de lo que esperabas.
La tarde se hizo larga, como la vida puede percibirse a veces. Finalmente, lograste obtener el “regalo esperado” de aquella cadena comercial de color rojo y amarillo. Sin embargo, el día languidecía. Decidiste guardar aquel paquete hasta que transcurriera ese momento que también habías estado esperando: escuchar el mensaje de alguien especial.
Permaneciste en silencio, con la justa expectativa. Esperabas en aquellas palabras un mensaje que realmente te diera una ruta, una nueva forma de ver la vida. Y… sucedió. Fue ese instante en el que la combinación de palabras que emanaban de aquella persona realmente resonó en ti. ¿Por qué, si eran solamente palabras? Tal vez fueron las palabras adecuadas: las inspiradoras, las apasionadas. La pasión está en los detalles -recordaste-.
Profundamente motivado te retiraste de aquel lugar de reunión y abordaste tu auto. Ahí, en el lugar del copiloto, estaba el empaque que -anhelosamente- habías adquirido algunos minutos atrás. Lo abriste con ansias, esperando complementar el día.
Honestamente, no te interesaba la hamburguesa. Tú buscabas el regalo adicional. Tú esperabas un trébol de cuatro hojas, un billete de dos dólares o -¿por qué no?- una figura de ave fénix. Pero era demasiado esperar de una cadena de comida rápida que te promete una «cajita feliz». Ahí no había nada de felicidad. Resignado, llegaste al crucero aquel de las vías del ferrocarril, donde siempre hay alguien que te pide algo para comer. Gustoso, le regalaste aquel empaque. Completo.
Entendiste entonces que -efectivamente- la pasión está en los detalles. No obstante, esos detalles que buscabas ya están en otro lugar. Completamente satisfecho, iniciaste tu camino de regreso a casa. Sonriente, motivado e inspirado con aquellas palabras que escuchaste, las cuales guardarás para toda la vida… en tu cajita feliz.