”El pasto era más verde, la luz era más brillante
con los amigos ruidosos… ¡las noches de maravilla!
High Hopes. Pink Floyd. 1994.
La vida del líder es todo un acontecimiento: un continuo despertar ante un mundo cada vez más fascinante. Y es que el liderazgo es -probablemente- adictivo.
Sin embargo, los proyectos deben determinar un fin: el alcance del objetivo, su caducidad o -incluso- su falibilidad. Independientemente del fin determinado, ese punto final debe existir: para repetirse, para perfeccionarse o para reinventarse. Llegado el momento, se deberá ratificar al anterior o permitir que un nuevo líder lo continúe.
¿Qué sucede cuando el proyecto determina que el líder anterior debe ser renovado? Que el proyecto deberá continuar con otro dirigente -porque así debe ser- y porque se busca que sea aún más exitoso.
…
Y de repente, ahora todo sigue su curso. Después de aquella decisión de aceptar ese puesto, recogiste éxitos y experiencias que hoy quedan en el álbum de momentos inolvidables.
¿Qué mayor satisfacción podría encontrar un líder que la de planear un proyecto con su equipo y que ese proyecto se concrete? Fue ese instante donde surgieron las sonrisas espontáneas, la alegría y el entusiasmo; los bordes de las copas resonaron dejando ecos que parecerían armonizar el entorno. Un entorno que parecía pedir cada vez más de lo disfrutado. De ahí, la posible adicción.
Pero era inevitable: la nueva etapa ha llegado. Un nuevo elemento asume ese cargo que tanto disfrutaste.
Descansas el mentón de tu rostro sobre tu pulgar izquierdo, con el resto de los dedos posándose suavemente sobre tus labios -como intentando acallarte- mientras observas al nuevo líder. Y te das cuenta de que todo avanza bien. Así como lo planeaste para ese proyecto. Pero ya no estás ahí para recibir los aplausos.
Dedicaste tu tiempo, tu esfuerzo y diste más de lo que hubieras imaginado. Pero… ¿Qué sucede ahora? Ya no más sueños contigo como líder; ya no más protagonismo… ya no más ecos de las copas. Y te preguntas: ¿Fui un líder desechable?
¿Quién detendrá ahora el derrumbe del Coliseo de tus emociones?
Y llega ese instante. Es tal vez solo un segundo en el que logras distinguirlo todo: es como un río que fluye. Y fluye bien. Te das cuenta de una cualidad del líder que tal vez nunca te compartieron: el desapego. Esa capacidad de poder soltar el proyecto para que continúe. Con un poco de tu esencia y la esperanza de que más líderes aporten y enriquezcan.
Sin pensarlo demasiado, repliegas esa nota mental en la que habías garabateado la palabra “desechable” y te das cuenta de que un buen líder deja un gran legado. Que para que ese legado continúe no necesita de tu ego. Y un gran legado es para siempre.
Esbozas una sonrisa acompañando ese momento. Agradecido y satisfecho, accedes a guardar ese inolvidable proyecto al lado de las cosas bonitas que no se poseen. Que son para mirarse de lejos… y te agradan.